En bici no erosionamos más que al caminar

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Hoy viernes 3 de junio es el Día Mundial de la Bicicleta.

Lo celebramos con el ambiente enrarecido por las intenciones de diferentes administraciones públicas de evitar que accedamos a determinados espacios con nuestras bicis de montaña.

Y uno de los principales argumentos que se usan para intentarlo es que las bicicletas erosionan el terreno. Todo es opinable. Lo cierto es que hay estudios que aseguran que en determinadas condiciones las bicis no sólo no erosionan, más allá de lo que podamos hacerlo cuando practicamos senderismo, sino que lo hacen menos.

Buena parte de los ciclistas también salimos al monte a andar. De hecho, quien esto escribe ha conocido muchos caminos que luego he recorrido con la bicicleta, a pié.

Que cuando vamos en bicicleta no erosionamos más que cuando lo hacemos a pié, se sabe desde hace décadas. Hay un estudio titulado Los impactos del ciclismo de montaña fuera de carretera, realizado por Gordon R. Cessford, fue publicado por el Departamento de Conservación de Wellington, Nueva Zelanda en agosto de 1995.

El trabajo fue emprendido para ayudar a los encargados del Departamento de Conservación en sus consideraciones sobre la bici de montaña.

Es una revisión de la investigación y el conocimiento sobre los impactos físicos y sociales de la bicicleta en pistas forestales y senderos. Se discuten los impactos físicos de caminar y de la bicicleta, incluyendo los efectos del pie al pisotear el terreno y «el potencial único de impacto de las ruedas».

También los impactos de diversos usos de los caminos (ciclismo, senderismo, caballos, motos) y se comparan. El trabajo expone algo de sentido común, que el mayor desgaste se produce al construir pistas forestales.

Y comenta que es difícil definir cuándo los impactos producidos al trazar un camino se convierten en problemas porque la mayoría de los cambios causados son cambios útiles debidos a la construcción y el mantenimiento del camino.

La mayoría de estas alteraciones son planeadas por las gerencias de los espacios naturales y aceptadas por los visitantes. La alteración del camino se convierte en un problema serio solamente donde es inusualmente molesta (por ejemplo, cuando surcos paralelos arañan la superficie de un prado alpino).

También cuando el mantenimiento de los senderos debido al deterioro requiere grandes cantidades de dinero y mano de obra en mantenimiento. Pero bien mirado, ¿esto no sería un modo de crear empleo y dinamizar la economía de las zonas rurales algo tan necesario como el cuidado de los caminos?

Argumentan que, en general, los efectos iniciales del pisoteo sobre una nueva pista pueden parecer malos (pérdida de superficie de suelo y de vegetación). Sin embargo, este cambio conduce a menudo a condiciones más estables del suelo ya que

«las capas de suelo compactadas resisten más daños».

Las excepciones son cuando los suelos drenan mal. Las condiciones del drenaje son claramente importantes, puesto que la mayoría de los daños inflingidos a los suelos ocurre cuando están húmedos.

La importancia de la intensidad de la precipitación y de la pendiente son factores principales para explicar la pérdida del suelo en los senderos. La degradación del camino ocurre de manera independiente al uso del mismo. Ésta depende más de los procesos geomórficos que del tipo y la cantidad de actividad sobre el mismo.

Esto refuerza la teoría de que el tipo y el nivel de cualquier impacto sobre la pista varían más como resultado de las condiciones ambientales que de los usos que se dan sobre ella.

En este contexto, «los medios más eficaces para reducir al mínimo los impactos sobre las pistas se encuentran claramente en la elección inicial de la ruta». Y en «asegurarse de que los métodos de la construcción evitarán situaciones que provoquen impactos».

Y ¿qué sucede entonces con las bicis y el caminar? «El daño causado por el pié se produce primero por las fuerzas de compactación hacia abajo que ejerce el talón al principio de la pisada y luego por las fuerzas de cizalla rotacionales ejercidas por la punta de los dedos en el final de la pisada».

Se constató que las fuerzas de cizalla eran más importantes, especialmente en lo relativo a deformación y embarramiento del suelo en condiciones de humedad y este efecto era aun mayor en recorridos cuesta arriba.

El efecto erosivo es mayor al caminar cuesta abajo que al descender en bicicleta. Las ruedas también ejercen fuerzas compactadoras y de cizalla sobre el terreno, pero el modo de transmisión de estas fuerzas es diferente de la ejercida por los piés.

Las bicis de la montaña ejercen la fuerza hacia abajo a través de sus neumáticos, aunque la «presión media por superficie», que incluye la carga de la rueda dividida por el área de contacto parece ser «menor que la de vehículos motorizados más pesados, caballos y senderistas cargados».

Las afirmaciones anteriores se cumplen si las ruedas continúan dando vueltas en vez de derrapar por la superficie de la pendiente al aplicar con fuerza los frenos. El derrapaje puede soltar la superficie del sendero y arrojar material pendiente abajo, lo que favorece el desarrollo de roderas
que canalizan el agua al descender.

Foto: Zona Zero Río Ara.

El desarrollo de tales roderas, que pueden promover corrientes erosivas en un mayor grado que el encharcamiento por pisadas, es el «único impacto más claramente diferenciado producido por las ruedas».

Cuando no se produce derrapaje, el impacto producido por el giro normal de las ruedas es menor que el producido por las pisadas. Hay que destacar que las fuerzas de la compactación causarán impactos «sólo si se producen fuera de pistas formadas».

Los efectos de las bicis de montaña en los descensos, que es dónde tienen el mayor efecto erosivo, son inferiores al de otras actividades, en concreto caminar.

¿Conclusión?: NO se ha comprobado que las bicis de montaña tengan mayor impacto que los senderistas.

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